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Por: Israel Reyes Gómez

Empresario

“A veces la adversidad es lo que necesitas encarar para ser exitoso”

– Zig Ziglar

Israel Reyes Gómez es empresario, consultor internacional en la Comunidad de Inteligencia, experto en ciberseguridad, experto en matemáticas aplicadas al análisis de inteligencia y experto en ciencias de la computación. En el año 2011, fundó una empresa en Nueva Zelandia en la que desarrolló una plataforma móvil para gestión de crisis y respuesta a incidentes. El software fue utilizado por agencias del gobierno neozelandés debido a que se trataba de una plataforma innovadora y de gran ayuda para responder a desastres tanto naturales como causados por el hombre, por ejemplo, los ciberataques. Algunas de las agencias que le dieron uso son Transport Accident Investigation Commission, New Zealand Rescue Coordination Center, New Zealand Customs, Maritime New Zealand, Worksafe NZ, entre otras. Uno de los momentos en los que se hizo uso de la plataforma y su protocolo fue durante 2019 para contrarrestar los estragos de la pandemia de SARS-CoV-2. Hoy, la plataforma y el protocolo desarrollados por Israel han sido adaptados y mejorados por otras empresas; sin embargo, sus propuestas son el punto de partida. En 2017, fue nominado al Premio Nacional de Ciencias de México por su trabajo en Nueva Zelandia, Rusia, China y Estados Unidos.

Mis primeros años

Durante los años 70’s, mi familia comenzó a vender quesos en La Merced y se asentó como paracaidista en el cerro de Chiconautla, Estado de México. Ahí viví hasta los seis años pues mi madre enfermó de cáncer y, por las carencias económicas y la dificultad para cuidarme, quedé bajo la tutela de mi tía María Antonieta Gómez, que pertenecía a una congregación religiosa. Mi tía Antonieta me llevó al convento de Actopan, Hidalgo, y me dejó al cuidado de las religiosas que ahí residían. Viví algunos años en ese convento y entré a estudiar la escuela primaria en el Colegio de las Rosas. Recuerdo que, para solventar algunas necesidades, vendía naranjas a la hora del receso, mientras los demás niños jugaban. Me conocían como “el Tatu”, como alusión a un personaje que aparecía en la serie de televisión La Isla de Gilligan, porque, cuando veía pasar aviones por encima del colegio, los observaba atentamente sin hacer caso a interrupciones. Todos pensaban que era diferente en mi manera de actuar y en mi forma de percibir la vida. Los demás niños se burlaban constantemente de mí, pero yo no les prestaba atención, yo vivía en mi propio mundo.

Mientras estudiaba la primaria, una familia me adoptó, pero no pasó mucho tiempo antes de que me devolvieran al convento. Reconozco que me era difícil acostumbrarme a nuevas familias y, por ello, nunca fui adoptado de forma permanente. Al terminar la primaria, debido a mi edad, tuve que abandonar el convento, de modo que viví por temporadas en la casa de alguna de mis tías. Ingresé a la Escuela Secundaria número 1 de la Fuerza Aérea Mexicana y, como tenía pasión por los aviones, decidí prepararme para entrar al Colegio del Aire en Zapopan, Jalisco. Por aquel entonces, el requisito principal para entrar a dicho colegio era concluir el bachillerato en el área de las ciencias físico-matemáticas, pero no sería un problema para mí porque mi refugio siempre habían sido los libros, principalmente los de matemáticas. Nunca entré al Colegio del Aire, pero en 1988 comencé a estudiar física-matemática en la Vocacional número 4 del Instituto Politécnico Nacional y mi interés y talento por la ciencia se desarrollaron.

Sinceramente, fue difícil para mí cuando mi mamá me dio a mi tía para que me llevara al convento. Entendía que mi mamá padecía una enfermedad, pero no comprendía por qué había tomado esa decisión. Pensando en que el cáncer es una enfermedad que mata, separarme de ella implicaba que no estaría presente en sus últimos momentos. Era difícil para mí conciliar el sueño y, cuando lograba dormir, tenía pesadillas. Las noches en las que los malos sueños me atormentaban, me asomaba por la ventana del cuarto que me asignaron para dormir y contemplaba la luna y las estrellas.

La luna era para mí como un espejo en el que podía ver a mi madre y por eso me gustaba contemplarla. Yo me convencí de que si mi mamá había fallecido de cáncer entonces estaría en el cielo. Esa fue la razón de que mi atención se apartara del entorno que me rodeaba y se centrara en el cielo que había sobre nosotros. Durante el día, permanecía horas observando las nubes, la manera en la que se movían y las formas que adoptaban. Me hice afín a las cosas que podemos ver, pero no tocar. Pasé muchos años imaginando la distancia que había entre la tierra y la luna hasta que supe de la ciencia de los números.

Me gustaba leer los libros de matemáticas, aunque no entendía nada. Me parecía fascinante ver las “x” y las “y” y los demás símbolos; eran para mí como un código secreto y me entusiasmaba poder llegar a interpretarlo. Veía las ecuaciones tratando de entender en los ejemplos por qué cambiaban de forma, las estudiaba con insistencia y poco a poco las fui descifrando. Cuando aprendí sobre las figuras geométricas y la trigonometría, supe que las matemáticas eran la respuesta a muchos secretos. Muchas cosas que eran difíciles de entender se volvían transparentes gracias a las matemáticas y eso despertó mi amor por ellas.

Durante aquellos años, viví alternadamente en la Ciudad de México y el Estado de México. Eran largas y cansadas jornadas porque estudiaba y trabajaba al mismo tiempo. Vendí pescado en el mercado popular ubicado en Calzada de la Viga, fui soldador de estructuras metálicas y hacía planos de asentamientos irregulares para gobiernos municipales. Desde que vivía en el convento y vendía naranjas, supe que tendría que trabajar duro.

Rumbo al sueño americano

Al terminar el bachillerato, uno de mis maestros, el profesor Antonio Piñeiro, a quien recuerdo con mucho cariño y a quien considero el arquitecto de mi vida, me motivó a aprovechar mis habilidades intelectuales y a presentarme en la embajada de Estados Unidos en México para realizar un examen de conocimientos. El objetivo era que alguna universidad estadounidense me admitiera entre sus estudiantes. Cuatro semanas después de haber presentado el examen, recibí una carta de aceptación de la Universidad de Luisiana (Louisiana State University).

No obstante, aunque conseguí la admisión y una beca, la universidad solicitaba cinco mil dólares para la inscripción y la certificación TOEFL y yo no contaba con esa cantidad. Recurrí entonces a mi tía María Antonieta, que me dio 300 dólares para emprender mi viaje y me aconsejó comunicarme con mis parientes paternos, oriundos de Michoacán y Jalisco, para que, si estaban en Estados Unidos, pudieran recibirme y ayudarme, mientras yo encontraba la manera de ingresar a la Universidad de Luisiana.

La mañana del 1° de febrero de 1991 guardé la carta de aceptación en el bolsillo de mi desgastado pantalón de mezclilla de color café, que había comprado un domingo en el mercado de Chiconautla, agarré mi mochila y mi gorra, y partí hacia la Central Camionera del Norte donde abordé un autobús de la línea Ómnibus de México con destino a Ciudad Juárez. Desde ahí cruzaría la frontera en calidad de indocumentado.

Después de 48 horas de viaje, el autobús llegó a Ciudad Juárez. Era la primera vez que estaba en el norte de México y fue una experiencia inexplicable. Me pareció lejano y con un ambiente muy diferente al que yo estaba acostumbrado. Mientras me hallaba en la terminal, analicé cuidadosamente quién podría ayudarme a cruzar la frontera, buscaba a alguien parecido a mí para sentirme con más confianza. Así conocí a Epifanio Pérez, un joven que tenía aproximadamente 20 años de edad y que, por consiguiente, era mayor que yo. Le pregunté si sabía llegar a los Estados Unidos y él me dio una respuesta afirmativa con una evidente seguridad.

La travesía por el desierto de Juárez

Epifanio Pérez era originario de Cuauhtémoc, Chihuahua. Era alto y delgado, su tez era blanca y su nariz un poco grande; usaba una camisa a cuadros, unos jeans de mezclilla de color café claro y una gorra. Por su aspecto físico, supuse que iba a trabajar del otro lado de la frontera y eso me llevó a confiar en él. Más tarde me enteré de que se dedicaba al campo y de que trabajaba en las cosechas temporales de Texas. Según me explicó, esa era la razón por la que conocía bien el camino. Le pedí ayuda para cruzar y él, amablemente, accedió; “con gusto ⎼me dijo⎼, sólo tienes que aguantar la caminata porque sí está media pesada”. Contesté entre risas que aguantaría y aseguré que enfrentaría los riesgos pues, como dice el dicho, “sobre advertencia no hay engaño”. Los dos sonreímos, pero yo estaba más nervioso que contento.

Epifanio me describió el plan que seguiríamos para lograr llegar a los Estados Unidos con los menores percances posibles. Dijo que teníamos que comer para después llegar a un lugar periférico llamado Los Arenales. En tal lugar no había nadie, ni policía ni peatones, y debíamos tener cuidado porque ahí llegaban narcos, traficantes de personas y otros, como él y como yo, que sólo buscaban pasar la frontera. “No hay que platicar con nadie -sentenció Epifanio-, no hay que revelar nuestros planes. Ahí no hay amigos y es tierra de nadie”.

Mi compañero de camino me explicó que esperaríamos a que oscureciera para caminar sin parar hasta llegar a nuestro destino. Si encontrábamos a la Migra, nos esconderíamos o echaríamos a correr. Recuerdo que me aclaró que, si a alguno lo alcanzaban, el otro seguiría sin mirar atrás. “Si me agarran -me dijo seriamente-, ni modo, tú le puedes seguir; si te agarran a ti, yo me iré. Pero, no te preocupes, en el camino te voy a ir diciendo cómo hacerle para que sigas adelante tú sólo, en caso de que sea necesario”.

Escuché con mucha atención las palabras de Epifanio e imaginé todos aquellos escenarios de los que me hablaba. Yo estaba muy nervioso, sentía un ambiente tenso y pensaba que aquella travesía era como cruzar la línea de la muerte. Había escuchado que las personas morían al cruzar el desierto, que eran asaltadas por los traficantes y que se perdían o desaparecían sin que nadie volviera a saber de ellas. La verdad es que en ese momento tenía mucho miedo, pero ya estaba en Juárez. A esas alturas era imposible renunciar a mi sueño de estudiar en Estado Unidos y de llegar a ser alguien de respeto que aportará a la sociedad de una manera digna y abundante.

Cuando salimos de la terminal de autobuses vi una enorme avenida y enfrente, a unos metros, el muro de contención de la frontera. En el muro había muchas cruces pintadas, como también había algunas clavadas en el suelo, que estaban dedicadas a las personas perdidas y fallecidas. Pensé en todo lo que tendría que hacer para poder llegar a mi destino e ingresar a la universidad. A pesar de todo, el miedo y la incertidumbre no me quitaron las ganas de seguir adelante.

Tomamos un camión que nos llevó al centro, a la plaza principal, y al llegar le invité unas tortas a quien en ese momento consideraba como mi mejor amigo porque juntos nos estábamos jugando la vida para cruzar la frontera. Terminamos de comer las tortas y abordamos un taxi colectivo que nos llevaría a Los Arenales. Todos los que íbamos en ese taxi estábamos a punto de convertirnos en ilegales. El corazón me latía a mil por hora.

El taxi nos llevó a una zona muy remota, lejos de todo y de todos. Recuerdo que, de camino a Los Arenales, pasamos por una zona marginada donde un grupo de jóvenes nos lanzó piedras. Lograron estrellar un vidrio del taxi y el miedo y la incertidumbre que yo sentía se volvieron casi incontenibles. El conductor comentó que tales recibimientos eran normales en esa zona, “éstos hijos de la chingada siempre hacen lo mismo para que nos paremos y así nos asalten entre todos ⎼dijo⎼; saben que los que pasan por aquí llevan dólares porque van para el otro lado”. Al escuchar aquello, sentí como si el taxista hubiera leído mi mente porque, en efecto, yo estaba preocupado por la posibilidad de perder los dólares que llevaba y que eran todo el capital que tenía para acercarme al cumplimiento de mi sueño. Afortunadamente, el conductor aceleró y pronto dejamos atrás aquella zona.

Al llegar a Los Arenales pude ver que era un verdadero desierto. No había nada, era aún más remoto y desolado de lo que me imaginé cuando Epifanio describió el lugar. Más personas iban llegando paulatinamente, pero nadie hablaba con nadie, a todos se les notaba el miedo en el rostro. Había mujeres y hombres de todas las edades y era triste vernos unos a otros sin que alguno supiera qué iba a pasar.

El sol comenzó a meterse, el cielo se volvió rojo y la temperatura descendió, eran entre las 6:00 y las 7:00 de la noche. De ese lado de la frontera, México y Estados Unidos estaban separados por un alambrado parecido al que usan en algunas granjas, no había un muro de contención porque no se consideraba necesario en un lugar abandonado. Lo único que había que hacer para poder cruzar era un espacio entre los alambres. No olvido que Epifanio y yo fuimos los primeros en pasar; sortear el alambrado fue fácil, lo difícil vendría más adelante.

Cuatro horas después de haber pasado los alambres que separaban la frontera, sentí que el cansancio se apoderaba de mí. Caminábamos sobre un suelo arenoso y caí en la cuenta de que seguramente esa era la razón del nombre de aquél lugar. Me esforzaba por aguantar el ritmo, pero era difícil. No había dormido bien cuando iba de la Ciudad de México a Ciudad Juárez pues la adrenalina sofocaba mis nervios. Decidí pedirle a Epifanio que él siguiera adelante sólo porque no quería retrasar su camino. Él se detuvo, volteó para verme y trató de animarme sin dejar de ser honesto. Me hizo saber que estaba loco si planeaba quedarme ahí porque seguramente me dormiría y, al día siguiente, cuando despertara, el desierto se vería igual desde cualquier ángulo y sería inevitable perderme. Además, intentar cruzar sin suficiente agua y sin comida era muy peligroso. Era fundamental cruzar de noche porque las luces de la ciudad que se veían a lo lejos eran nuestra guía para no perder de vista el camino. No había tiempo para descansar. Consideré regresar a Juárez para descansar en algún hotel y así ganar fuerzas para intentar cruzar el desierto sin parar. Pensé que así sería más fácil porque ya conocía un poco el camino y la técnica, pero, para mi sorpresa, cuando miré hacia atrás me percaté de que las luces que irradiaban los límites de Ciudad Juárez estaban aproximadamente a la misma distancia que las que veíamos frente a nosotros.

Supe entonces que en la vida hay ocasiones en las que debemos arriesgarnos porque dar marcha atrás sólo traerá dolor. En aquellos momentos sentí como si me estuviera matando a mí mismo para ser alguien nuevo. Me dio la impresión de que era el precio a pagar por obtener el futuro que quería. Experimenté una descarga de adrenalina y el cansancio se esfumó entre mis preocupaciones. Me armé con todo el valor del que fui capaz y retomé el camino al lado de Epifanio.

Mientras avanzábamos, escuchamos un par de veces el sonido de las cuatrimotos de los agentes de migración y tuvimos que escondernos entre los matorrales más cercanos. Afortunadamente, en esos tiempos no había instrumentos de visión nocturna ni censores y pudimos evadir a la patrulla fronteriza. Hoy lo recuerdo como una aventura, sin embargo, las horas que estuve en el desierto fueron las más largas de mi vida.

Recuerdo que al día siguiente de que yo estuviera a punto de rendirme, cuando el sol apenas salía y nos regalaba un increíble cielo castaño, llegamos a un establo. Buscamos un escondite y nos acomodamos para dormir un poco. La alegría de saber que habíamos logrado cruzar el desierto nos dio una inesperada seguridad. Me costaba creer que aquello que estaba viviendo era real.

Dormimos cerca de tres horas, hasta que Epifanio me empujó para despertarme. Cuando abrí los ojos, noté la sonrisa de Epifanio que me felicitó animadamente, “¡sí aguantaste, chilango! pensé que te ibas a doblar en el camino”. Me preguntó por el rumbo que tomaría, quería saber a qué me iba a dedicar ahora. Yo le conté que había emprendido el viaje para estudiar en una universidad y graduarme como ingeniero o matemático. Aún recuerdo la expresión de sorpresa en su rostro. Le causó gracia que siendo ilegal y analfabeto en el idioma inglés pretendiera estudiar en una universidad estadounidense. Le mostré la carta de aceptación que había recibido, pero no pudo leerla porque él tampoco sabía inglés. Yo le aseguré que decía ahí que me habían aceptado en la universidad y que lo supe porque traduje el mensaje con ayuda de un diccionario.

Por supuesto, Epifanio no daba crédito a las razones por las que crucé la frontera. Todos los inmigrantes iban a trabajar para ahorrar dólares y tener una mejor vida que la que tenían en sus lugares de origen. La mayoría de ellos ni siquiera consideraba estudiar inglés. Actualmente pienso que, de alguna manera, Epifanio tenía razón, pero he aprendido que para alcanzar lo inimaginable uno tiene que pensar y hacer lo absurdo. Yo no tenía nada en México. No tenía una familia que me esperara ni un hogar fijo al cual regresar. Me negaba a seguir deambulando de casa en casa para que mis tías me cuidaran por turnos. ¿Qué pasaría si no podía entrar a la universidad? Debo aclarar que, aunque incrédulo, Epifanio me animó a perseguir mis sueños, “sólo el indio sabe lo que carga en su morral”, me dijo.

Continuamos nuestro camino con el objetivo de llegar a El Paso, Texas, pero el problema fue que no íbamos en la dirección correcta y llegamos a Nuevo México. Nos dimos cuenta porque en el camino compramos en una tienda y, aunque el dueño no hablaba español, más o menos le entendimos cuando nos dijo en dónde estábamos. El cansancio que sentíamos era agobiante y sabíamos que sufriríamos un suplicio si recorríamos a pie el camino hacia El Paso por lo que me ofrecí a pagar un taxi que nos llevara hasta nuestro anhelado destino.

Good bye, Epifanio

El taxi que habíamos abordado en Nuevo México se detuvo frente a un Coffee and donuts que se encontraba ya en territorio texano. Epifanio dijo que ese era un buen lugar porque ahí pasarían por él los que lo llevarían al rancho en el que haría la pixca. Bajamos juntos del taxi, pero nunca nos despedimos. Mientras esperábamos a que llegaran por él, aproveché para ir al baño; al entrar en los baños públicos escogí el baño pensado para personas con capacidades diferentes porque era el más grande de todos y así yo podría acostarme un momento para descansar mis piernas. No obstante, no contaba con que me quedaría dormido. Cuando desperté, me lavé las manos, me mojé la cara y salí corriendo a buscar a Epifanio. Pero no lo encontré.

Tal y como habíamos acordado, él siguió adelante en su camino. Recuerdo que todavía lo busqué con la mirada entre las personas del café, pero fue inútil. No pude darle las gracias por ayudarme ni pude despedirme como hubiera querido. Así son las cosas cuando uno es indocumentado, las personas desaparecen y nunca más sabemos de ellas. Les pasa lo mismo que a los sueños, se desvanecen si las perdemos de vista.

El raitero

Después de separarme de Epifanio, me pregunté cuál sería el siguiente paso. No podía quedarme en aquel café, por lo que decidí emplear la misma estrategia que en la central de autobuses de Ciudad Juárez y busqué a alguien que inspirara confianza para pedirle ayuda. Tengo muy presente el momento en el que entraron al establecimiento dos agentes de la patrulla fronteriza. No me asusté porque creí que el campo de batalla más peligroso era el límite de la frontera, específicamente, el desierto. Uno de los agentes me miró fijamente a los ojos, pero yo me mostré seguro de mí mismo e intenté actuar con naturalidad así que no se acercaron a registrarme ni me hicieron preguntas.

Epifanio me había dicho que el lugar en el que nos hallábamos era bien conocido por los indocumentados porque ahí llegaban a levantarlos sus conocidos y que los de la Migra solamente llegaban a comprar café cuando terminaban su turno. Era algo así como una zona de tregua. También llegaban ahí algunos “coyotes”, que son los que se encargan de guiar a los indocumentados, y algunos de ellos transportaban a las personas al estado al que quisieran ir.

Después de observar por un largo rato, identifiqué a tres hombres con edades de aproximadamente 30, 40 y 60 años respectivamente. Parecía que discutían el plan que iban a seguir para llegar a su destino. Me acerqué discretamente y les pregunté si iban hacia arriba, es decir, si iban hacia el norte de Texas. Me preguntaron quién era yo y los puse al tanto de mi travesía, sin contar muchos detalles. Dije que acababa de cruzar, que había caminado toda la noche con un amigo al que ya habían recogido sus conocidos, que ahora estaba yo sólo y que me dirigía a Colorado.

Me senté con ellos y me di cuenta de que nunca habían ido más allá de El Paso. El que parecía ser el más joven de los tres nos compartió que le habían hablado de un tren de carga que era posible abordar cuando bajara la velocidad. Si lo intentábamos, debíamos buscar espacio arriba de un vagón o dentro de alguno que no estuviera demasiado expuesto. Ante dicha propuesta, el señor de mayor edad apuntó lo peligroso que era abordar el tren porque podíamos quedarnos dormidos y morir asfixiados dentro de un vagón o, si nos íbamos arriba, sufriríamos frío y estaríamos en riesgo de caer y ser aplastados en los rieles. Yo secundé la negativa diciendo que incluso existía el peligro de equivocarnos de dirección y de que termináramos regresando a México. Los cuatro estuvimos de acuerdo en que el tren no era una opción.

El principal problema que teníamos en ese momento era que para poder salir de El Paso, Texas, teníamos que pasar un retén de la patrulla fronteriza que estaba localizado en un pueblo llamado “Las Cruces”. Ese retén era el más difícil de pasar, tan sólo un poco menos difícil que cruzar el desierto, y por eso a todos nos preocupaba lo que haríamos para lograrlo.

Uno de los muchos ilegales que llegaban al café mencionó que había unos raiteros disponibles. Cabe aclarar aquí que la palabra “raitero” viene de la palabra ride y se refiere a la persona que transportaba a los ilegales. Los tres hombres con los que me encontraba y yo preguntamos casi al mismo tiempo cómo funcionaba el asunto de los raiteros. Aquella persona nos dijo que conocía a un raitero de confianza que iría por nosotros hasta el lugar dónde estábamos, que llevaría su auto particular y que nos cobraría 50 dólares por persona, mismos que nos pediría hasta que hubiéramos librado el retén. El raitero nos explicaría lo demás.

Yo no estaba seguro de cómo nos transportarían. Pensé que quizá nos meterían en la cajuela, pero deseché la idea porque era obvio que no cabíamos cuatro personas en ella. Me parecía imposible que pudieran llevar a cuatro indocumentados a través de un retén que tenía fama de ser como la puerta del infierno. Lo único que me daba tranquilidad era que el pago se efectuaría hasta que estuviéramos del otro lado de aquella puerta. Al final, nos convencimos y aceptamos.

Esperamos 30 minutos hasta que llegó el raitero. Era un señor de unos 70 años de aspecto amigable. Tenía un blanco y abultado bigote sobre su cara redonda, sus ojos eran de color miel y, además, le faltaba un par de dientes. Al verlo, me acordé más de mi padre que de mi abuelo. El señor sonreía mucho al hablar con nosotros. Nos explicó que él nos llevaría pero que no debíamos decir que lo hacía por previo acuerdo porque lo meterían a la cárcel y le quitarían sus papeles. Si la policía nos detenía, teníamos que decir que lo vimos pasar en el camino y le pedimos por favor que nos diera un ride.

También nos dijo que podíamos elegir entre dos opciones para seguir adelante. La primera era que nos llevaría como pasajeros normales hasta tres millas antes de llegar al retén y ahí se iba a estacionar para fingir una falla en el motor. Al momento en que fingiera revisar la falla y levantara el cofre, tendríamos que esperar a que dejaran de pasar muchos carros para salir corriendo rumbo al desierto. Una vez en el desierto, debíamos seguir caminando hasta que el carro en el que habíamos llegado se viera pequeñito ante nuestros ojos para entonces dirigirnos a la derecha. La idea era que camináramos haciendo un cuadro para evadir el retén. Cuando estuviéramos lo suficientemente lejos, avanzaríamos cuatro millas y saldríamos poco a poco a la carretera. El raitero nos estaría esperando cerca de una gasolinera fingiendo que había otra falla en el auto. Según sus cálculos, tardaríamos alrededor de seis horas en llegar hasta dicha gasolinera por lo que nos aconsejó que, si no lo veíamos cuando estuviéramos cerca de la carretera, nos acostáramos para que nadie nos viera.

La verdad es que yo no tenía idea de cuánto era una milla. Me daba igual que tuviéramos que andar por kilómetros o millas porque lo que más me importaba era pasar el retén y llegar a la mentada gasolinera. El hombre nos confesó que esa era la opción más cansada, pero la más segura. Yo aún no me recuperaba del cansancio de haber cruzado la frontera y mi reserva de dólares disminuía cada vez más; 300 dólares eran insuficientes para el lugar al que tenía que llegar, pero ya no podía regresar a pedirle dinero extra a mi tía. Mientras yo pensaba en mi situación, el más joven de los tres con los que estaba preguntó por la segunda opción, que consistía en no bajarnos del auto y rogar porque tuviéramos suerte y no nos detuvieran. Al parecer, había ocasiones en las que la fortuna sonreía y no detenían a nadie, pero la mayoría de veces sucedía lo contrario.

Luego de escuchar las dos opciones, reflexioné en que era demasiado arriesgado abandonarnos a la suerte porque si algo salía mal tendríamos que regresar a México y comenzar de nuevo. Evidentemente sería más efectivo caminar durante seis horas por el desierto, así que yo abogué porque eligiéramos esa opción.


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