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Por: Martha Gutierrez Manrique

EL HERALDO DE MÉXICO

No es necesario iniciar describiendo el propósito en la política desde la perspectiva de Aristóteles o Platón. Se ha escrito mucho más y mejor de lo que yo puedo imaginar.

Sin embargo, las presentes generaciones (especialmente los millenials) si deben tener presente que la historia es más que solamente un recuerdo. Importa, influye y sobre todo describe la situación contemporánea en México y el mundo. Actualmente, en nuestro país nos encontramos inmersos en una de las más graves y profundas crísis en materia política y social que se haya vivido en los últimos 100 años.

Aunque pudiera parecer redundante, explicar el propósito de la política actual es explicar la política misma desde 1917 y también explicar el futuro. La crisis que se vive se deriva de muchas oportunidades desperdiciadas y del gran desgaste que han venido sufriendo las instituciones y que nos esta llevando casi al límite, sin embargo aún no nos damos cuenta.

Si algo nos mostró el proceso constitucional de 1917 fué que la política triunfó sobre las armas. Los diferentes movimientos sociales que se vivieron a lo largo y ancho del pais, y que iban dejando a su paso miles de muertes, inestabilidad y desesperanza, fueron resueltos justamente a través de la política que invariablemente sustituyó al proceso destructivo, para iniciar uno constructivo.

Así fue como se eligió el Presidencialismo (uno exacerbado, profundo y casi sin límites) cómo mecanismo de control sobre esos caciques estatales y regionales que se aventuraron levantándose contra el poder.

Esa historia juega un papel trascendental en el propósito de la política, hoy prácticamente olvidado, desconocido e incluso negado (principalmente por la mayoría de millenials y los actuales políticos gobernantes).

De 1917 a la fecha el propósito de la política ha sido conservar el federalismo y reducir el poder presidencial. En forma gradual se han dado cambios institucionales como la creación de órganos autónomos, fiscalización, aprobación presupuestal, y las facultades del Congreso que han determinado nuestro país, expresando de nuevo el propósito de la política mexicana: evitar la concentración de poder y provocar e impulsar la representación de los intereses de todos los mexicanos.

Desafortunadamente esta evolución también sufrió un gran desgaste ocasionado por el abuso de algunos políticos que fueron desvirtuando un proceso colectivo para convertirlo en uno individual que significó enriquecimiento, privilegios y acaparamiento del acceso al poder, con ello solo consiguieron que la política fuese considerada erróneamente una generalidad, una regla y por lo tanto un objetivo a eliminar, principalmente por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Un error y una falacia, pretender que con la desaparición de los Órganos Autónomos Constitucionales, se resuelve problema. Por el contrario, las diferentes problemáticas en materia de salud, educación, inversión, desarrollo social, el campo, seguridad y justicia se han profundizado por quien terminará siendo una víctima más de su (propia) estrategia.

Nuestro país vive hoy en día una crisis democrática profunda, desde los años sesenta la credibilidad y confianza, factores determinantes para cualquier democracia, están en franco e imparable declive. Incluso, si analizamos sobre todo el principio de representación política veremos que hoy, dicha representación es prácticamente inexistente.

Día tras día los partidos políticos, los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, en los tres niveles de gobierno lo confirman, ya que al parecer protegen más intereses personales, que a sus representados: los ciudadanos.

La pasada elección el 1o de julio de 2018, fue un claro reflejo de esta circunstancia y la consecuencia es tan evidente, que mientras el Presidente Andrés Manuel López Obrador concentra un gran porcentaje de opiniones positivas (ojo, cómo persona, mas no cómo institutución), todas las demás instituciones tan solo reflejan poco menos de 20 puntos, que según reportes de diferentes casas encuestadoras es prácticamente la misma aceptación que tiene un policía de tránsito.

A pesar de que estos principios deberían ser para todos los poderes y partidos políticos de suma importancia, preocupación y ocupación, la realidad es que ni siquiera son objeto de interés y atención de los gobernantes, tal parece que transitan por caminos diferentes.

El mejor ejemplo lo dieron, el gobernador de Puebla Miguel Barbosa al afirmar que en el año 2018 le habían robado la elección, desdeñando todo proceso e institución constitucional, aseguró que había ganado y que un elemento divino (Dios) puso atención sobre su asunto para hacer justicia y castigar a los otros; el otro ejemplo, fue el ministro Eduardo Medina Mora que a través de un método más que sumario, sin pruebas, procedimientos legales, o respeto al Estado de Derecho presentó una carta de renuncia, que el Senado de la República aprobó por mayoría calificada sin mediar discusión alguna.

Se argumenta por una parte de manera equivocada una supuesta crisis del sistema político. Por otra, a fallas en la legislación para exigir la representación correcta (de representantes o partidos). Y finalmente, a estrategias electorales de los actuales dirigentes del cascarón político.

Sin embargo, jamás se apela a la autocrítica y a la necesidad de un cambio de fondo, profundo, verdadero y determinante que corrija, de certeza y viabilidad para los próximos 40 o 50 años, ese cambio debe retirar a los que generaron y vivieron de este modelo obsoleto, para apoyar y dar paso a nuevos personajes y generaciones que verdaderamente representen a los ciudadanos, porque lo que hoy vemos es que a pesar del cambio radical de “régimen” y gobernante, las viejas y caducas prácticas no se han modificado, sino todo lo contrario.

Una vez más nos estamos equivocando, una vez más, confundimos contiendas electorales con la acción de gobernar al país.

México es un país de ciudadanos. Por más de 12 años se insistió en una narrativa que consistía en desacreditar instituciones, estrategias, esfuerzos y tácticas de los funcionarios, manifestando un profundo desdén hacia la persona que había conseguido el triunfo en las urnas, de la misma forma en que el actual Presidente de la República lo consiguió en 2018 (que le da derecho a diseñar estrategias en distintas materias de gobierno).

Paradójicamente ahora vemos a una oposición que se comporta de manera visceral y ataca exactamente igual que lo hizo Andrés Manuel López. En voz de líderes de partidos, legisladores desconocidos y tweetstars, gritan, insultan, provocan, minimizan y desdeñan a autoridades e instituciones, pensando de manera irracional que es su momento y que así debe comportarse la oposición. Sin darse cuenta que sólo renuncian a la sensatez e inteligencia.

Por su parte el gobierno se defiende y polariza, pretendiendo contrastar asegura que quién creó esa circunstancia fueron ellos, se distancia y afirma que buscan la paz, no la guerra y así se crea una narrativa más, absolutamente inútil, destructiva para la sociedad y que únicamente, beneficia a la delincuencia. ¡Eso, no es estrategia, es politiquería! Y la gente se cansa de esto.

¡Es necesario tomar una nueva y real dimensión de la política. Ya es momento!

El Presidente y su gabinete más allá de las diferencias, merece de una vez por todas y sin disimulo, el apoyo, respaldo, vigilancia y participación, de todos los mexicanos y sus autoridades para resolver un profundo y gravísimo problema en materia de seguridad, apoyo y respaldo que por cierto, en su momento se negó a los gobiernos anteriores contribuyendo a la situación que ahora estamos viviendo.

Sin embargo por algún lado debe empezar la razón y una nueva dinámica política -urgente- en este país, comenzando por evitar actuar cómo este gobierno se comportó cuando era oposición. Qué se discutan y analicen los errores específicos, que se aborden con seriedad y altura de miras las tareas de las instituciones y sus funcionarios para construir soluciones, y comprendamos que México es un país de ciudadanos no de políticos.

Por otra parte, es evidente que la relación del gobierno federal con las empresas en general, está rota. No existe certeza, paz, armonía y mucho menos una estrategia de crecimiento sostenido real . Actualmente, las empresas no entienden hacía dónde va gobierno, cuál es su futuro ni que esperar de él. En consecuencia y de facto muchas ya están como oposición, se han fijado como objetivo y comienzan a financiar a candidatos a diputados federales y a algunos municipios importantes como Monterrey, Mérida, Querétaro o la alcaldía de Álvaro Obregón en la CDMX. En consecuencia, el gobierno de la 4T principalmente Andrés Manuel López Obrador por su parte, los aprieta aún más.

Esta no puede ni debe ser la historia de México. Ninguna de las opciones (ni la anterior, ni la actual) es benéfica para el país y mucho menos para los ciudadanos. El Presidente de la República y los CEO´s deben comprender que existe una ruta distinta, en la que ambos brinden paz, sobre todo equilibrio, condiciones de crecimiento sostenido, sustentable y armonioso. Para ello, es urgente y de vital importancia un cambio de estrategia desde la raíz, que evite a los mexicanos una ola sangrienta de hambre.

Así pues, ¿Cuál es el propósito de la política a la luz de lo comentado?

Es un proceso largo de construcción, en principio. Un proceso colectivo, consciente de nuestro pasado y de los anhelos, miedos, satisfacciones y errores. Un proceso de unión. Un proyecto que hoy se encuentra en uno de los puntos más bajos y que demanda mucha inteligencia, sobretodo paciencia, para revertir el deterioro causado y acelerado particularmente en los últimos 20 meses a partir de diciembre de 2018.

Innovar la política, crear un proceso democrático que atienda fundamentalmente dos problemas; la crisis de los partidos políticos, y la crisis de representación.

Falta observar si la toda la oposición lo entiende, y con humildad reconozcan sus propios errores, aprendan y se re inventen, escuchen la demanda real de los ciudadanos y comprendan que no es su proyecto, que el proyecto es de una nación que grita, que demanda, que exige verdaderamente un presente y un futuro distinto. Eso, si sería un buen propósito de la política, y un parteaguas para nuestra Nación.


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