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Por: Alejandro Valenzuela del Río

DIRECTOR GENERAL

BANCO AZTECA Y AZTECA SERVICIOS FINANCIEROS

“El goteo del agua hace un hueco,
no por la fuerza de la gota,
sino por su persistencia.”

– Ovidio –

No es la primera vez que la humanidad atraviesa por una crisis de salud como la actual. Epidemias como las registradas en Asia, Europa y América en siglos pasados, tuvieron también un costo muy alto en cuanto a pérdidas humanas, así como un impacto significativo en la actividad económica. Pero, al final, fortalecieron a las sociedades e impulsaron el avance del conocimiento. En este sentido, la crisis generada por el COVID-19, no debería ser la excepción.

Uno de los mayores aprendizajes tras aquellas calamidades fue, sin duda, el conocer el nivel de organización y resiliencia humanas, logrando en el camino un mejor nivel de organización social. Visto de esta manera, las pandemias, y las crisis que estas generaron, fueron detonadores para el avance de la ciencia que, al buscar el origen y cura de la enfermedad, nos permitieron obtener el conocimiento y, por ende, las herramientas necesarias para prevalecer.

En décadas recientes, enfrentamos también otro tipo de contagios que, a diferencia de una pandemia, fueron provocados por nosotros: por avaricia, malos manejos, irresponsabilidad e ignorancia. Me refiero a las crisis financieras globales; la más reciente, en 2008, causada por el sobre apalancamiento de los consumidores, que generó cuantiosos quebrantos y obligó a los reguladores financieros en el mundo a reconocer la imperiosa necesidad de contar con medidas de control efectivas que otorgaran certezas sobre la buena y correcta gestión de las instituciones financieras.

Se puso énfasis entonces en aquellas instituciones que fueron calificadas como sistémicas, esto es, “demasiado grandes para quebrar” (too big to fail) pues, con su caída, podrían contagiar o provocar la quiebra de otras y poner en riesgo los sistemas financieros de sus países.

En México – tras haber generado internamente varias crisis financieras (1982,1994) con dolorosos aprendizajes – los bancos sistémicamente relevantes adoptaron de manera paulatina las medidas acordadas en el seno del Banco de Pagos Internacionales (Basilea III), cuya imposición conllevó a reconocer las ventajas de contar con un sistema financiero más confiable y robusto.

Por su parte, las instituciones financieras de menor tamaño adoptaron también las mejores prácticas del sistema, y fueron invitadas a desarrollar y compartir con los reguladores financieros sus Planes de Contingencia, además de estar obligadas a documentar, de manera clara, sus procesos de Control y Gestión de Riesgos, entre otras medidas.

En suma, las crisis previas tuvieron su aspecto positivo, pues dejaron un importante aprendizaje que impulsó la generación de reformas y mejores prácticas que, al tiempo, derivaron en la creación de un sistema financiero más seguro, mejor capitalizado y resiliente ante turbulencias como la que hoy nos aqueja, inducida por el COVID-19.

Considerando el nivel del impacto provocado por la pandemia y hasta el primer semestre del 2020, la solidez de la banca mexicana es evidente. Pese a descalabros conocidos a finales del segundo trimestre del año, es un hecho que nuestro sector se sumó contundentemente a las soluciones y no así a los problemas. Si bien, entre más se prolongue esta pandemia, más difícil será para el sector financiero lidiar con el descalabro económico que esta ha generado.

No obstante, la pandemia no da señales claras de cuándo terminará. Tras varios meses de contingencia mundial, luego de que algunos países anunciaran la apertura de ciertos sectores y un regreso paulatino a una nueva normalidad, se supo de localidades que ordenaron cerrar nuevamente sus comercios y regresar al enclaustramiento, debido a brotes adicionales que, incluso, podrían ser más agresivos que los anteriores.Duele aceptar que, a pesar de los enormes avances que la humanidad ha conseguido, el nivel de desconocimiento y hasta ignorancia ante el COVID-19, nos mantenga literalmente de rodillas.

Resulta necesario hacer una reflexión sobre el nivel de resiliencia del sistema financiero y sobre las medidas que debemos considerar al enfrentar esta contingencia sin precedentes cuyo punto final desconocemos para un mundo globalizado, pero aún fragmentado. Surgen entonces cuestionamientos como ¿Cuánto tiempo más durará la pandemia? y ¿Por cuánto tiempo se puede mantener el actual nivel de resiliencia? No hay duda de que los efectos de esta etapa perdurarán por años; muchos de ellos, como la aceleración de la economía digital, cambiaron nuestra forma de vida.

Una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones.

Ante la incredulidad del mundo entero, a partir de que China hizo público el descomunal problema de salud provocado por el COVID-19 a finales de 2019, este se convirtió – en materia de salud pública – en el reto más grande que la humanidad haya debido sortear en los últimos 100 años.

No sólo se puso a prueba a los gobiernos o al sistema financiero mundial; se nos puso a prueba a todos, independientemente del nivel social o localización geográfica en el planeta. Nuestros atributos personales más relevantes son, por ahora, nuestro actual estado físico y la edad, ante un virus que pareciera guiarse por las leyes de la selección natural; del inmune. En definitiva, un mal del que, en la práctica, aún conocemos muy poco.

Los retos son muchos y muy amplios. Como ejemplo, los gobiernos encaran la necesidad de adoptar políticas que mantengan la salud de la población, perjudicando lo menos posible la marcha de sus economías. Esta aparente dicotomía se convirtió en un dilema ampliamente debatido: cuidar la salud de las personas o evitar – en el tiempo – un posible colapso económico. Los líderes mundiales se vieron obligados a tomar decisiones con la casi total certeza de que resultaría materialmente imposible lograr el éxito en ambas tareas. Como nunca, el escenario es liderar con dos males y preguntarse: ¿Cuál es el menor para todos?

De hecho, considero que el obligado enclaustramiento social generó una crisis económica cuyos alcances y consecuencias aún no entendemos, pese a saber que ya nos afecta a todos.

Con el fin de mantener a la gente en casa, algunos gobiernos han incurrido en niveles de deuda sin precedente, aún comparando con tiempos de guerra; tanto para sostener apoyos o transferencias económicas que permitieran a los ciudadanos palear la inevitable pérdida de empleos, como para ayudar a sectores productivos a que sus empresas sostengan la marcha y, por ende, los puestos de trabajo; políticas que claramente no pueden mantenerse por mucho tiempo.

Como es bien reconocido, a consecuencia de la crisis de 2008, el mundo registraba ya altos niveles de endeudamiento, y los efectos del COVID-19 aumentarán aún más esa deuda. De acuerdo con analistas financieros, a nivel global prevalece una deuda equivalente al 300% del PIB mundial. ¿Cuánto más se añadirá a esa carga por los programas gubernamentales de ayuda por el COVID-19? y ¿Hasta dónde podremos aguantar esto? No olvidemos que estaremos heredando a las generaciones futuras una deuda monumental.

De acuerdo con el Foro Económico Mundial, los efectos de esta primera pandemia del siglo XXI, serán más parecidos a los de una guerra que a los provocados por crisis como la de 2008. Básicamente por su alto costo en vidas humanas y por el choque inaudito que provocó en muchas industrias. La de la hospitalidad, por ejemplo, se encuentra severamente impactada, y toda industria basada en la era analógica queda extinta, para todo fin práctico, ante la explosión de la era digital; etapa que – por sí misma – atrae grandes beneficios.

Ante el creciente apremio económico y pese al riesgo de enfrentar nuevos brotes de la enfermedad, incluso las naciones más cautelosas han llamando a su población a regresar al trabajo, no sólo en industrias primordiales, sino en aquellos sectores donde la intensidad de la mano de obra es alta. Lamentablemente, el temor a que el contagio se salga de niveles controlables por los sistemas de salud de cada país, la psicosis colectiva y la irresponsabilidad de muchos, están más presentes que nunca.

“No sobrevive la especie más fuerte,
ni la más inteligente, sino la que mejor
responde al cambio.”

– Charles Darwin –

Al parecer, para muchas naciones en desarrollo hay pocas alternativas: observar cómo sus índices de pobreza y marginación se incrementan, o asumir ciertos riesgos y sacar adelante a sus economías sorteando la incertidumbre. Recordemos que, si bien sus sistemas de salud se sustentan en los recursos gubernamentales, estos dependen fundamentalmente del pago de impuestos, generados por la actividad económica.

Para México, el reto no es menor, aunque hemos logrado una relativa solidez económica, el fuerte impacto en la economía tras el shock combinado del Covid-19 junto con la caída de la plataforma petrolera y de sus precios por barril, empeoró la de por sí débil tendencia en el crecimiento del PIB. De hecho, hay especialistas que esperan que el año 2020 termine con una contracción económica cercana a -10% del PIB.

Para nuestro país, como para muchas otras economías en América Latina, se avecinan tiempos de gran reto. Es innegable que, por décadas, hemos arrastrado problemas estructurales; lamentablemente, en el marco de una pandemia, estos no hacen más que acentuarse.

Un entorno como este nos obliga a encarar una nueva realidad y a tomar las mejores decisiones, adoptando soluciones que permitan retomar el camino del crecimiento en el menor plazo posible y, por ende, el de la prosperidad. Esas decisiones – hoy más que nunca -, impactarán en el futuro de varias generaciones.

A lo largo de la historia, hemos visto como las ideologías poco pueden abonar a favor de las soluciones prácticas; tan necesarias – por ejemplo – para hacer frente a una contingencia.

México tiene ante sí enormes tareas, pero también la posibilidad de encontrar las oportunidades que deja toda crisis; uno de nuestros primeros retos será dejar a un lado el lastre de las ideologías y propiciar que todos los mexicanos trabajen con un mismo propósito, en una misma dirección y con una visión de largo plazo. De esa manera, podremos sortear mejor esta enorme crisis que se materializa como un intruso en nuestras vidas.

No existen liderazgos exitosos, si no descansan en un alto nivel de eficacia de sus aparatos de gobierno y de la burocracia misma. Para contar con un mejor gobierno, como ciudadanos tendríamos que asumir un rol más responsable ante nuestros deberes cívicos, así como exigir cumplimiento y transparencia a las autoridades. Hace falta una ciudadanía mejor conectada con su entorno.

Pese a todo lo adverso, esta crisis podría tener su lado positivo si nos lleva a reconocer la gran necesidad de seguir trabajando en el fortalecimiento de nuestras instituciones (como las de Salud Pública), a consolidar el estado de derecho, atacar la corrupción y a exigir el cabal cumplimiento de nuestras leyes, evitando abusos de autoridad.

Los países que han alcanzado un mayor nivel de desarrollo cuentan con leyes flexibles, de aplicación estricta, mientras que, por mucho tiempo, en México hemos contado con leyes estrictas, de aplicación flexible.

Como decía al iniciar estas líneas, los cambios y el nivel de resiliencia que la crisis trae consigo, nos llevan a encontrar las fortalezas y los instrumentos para hacerles frente, y nos da la esperanza de sobrevivir como sociedad, tal como lo hicieron en el pasado.

No somos ajenos al tamaño de los retos, pero estamos seguros de que también de esta etapa saldremos fortalecidos y mejor organizados; está en el ADN de cada mexicano.


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